lunes, 31 de enero de 2011

Historia: Arriero, el caballo de Hernán Cortés



Cortés llegó a Tenochtitlán el día 8 de noviembre de 1519 (8 Echécatl del mes Quecholi en el calendario indígena), o sea, cuando Moctezuma ya se había convencido de que la llegada de los teules era irremediable y que se habían cumplido los presagios del destino. Ocho sucesos que estaban escritos desde antes de su nacimiento. Los ocho pasos que el dios rubio de los tlaxcaltecas había de dar antes de su regreso: una llama de fuego muy grande y resplandeciente había iluminado el cielo diez años atrás; el capitel de un cu ("templo") del dios Huitzilopochtli se incendió sin causa aparente y nada era capaz de apaciguar el fuego destructor; cayó un rayo sobre otro templo de Xiuhtecutli sin que las condiciones meteorológicas fueran las indicadas para ello; un cometa recorrió el firmamento en pleno día; grandes olas se levantaron en la laguna de México; se oyó en los aires el lamento de una mujer que anunciaba la pérdida de México; un ave cazaba y llevaba ante Moctezuma mostraba en un espejo situado sobre su cabeza una muchedumbre de guerreros a caballo y finalmente aparecían cuerpos monstruosos que se desvanecían como los espíritus...

Cortés marchaba a la cabeza montando un hermoso animal blanco que caracoleaba haciendo cabriolas y hasta juguetón. Tras él marchaban otros cuatro jinetes y el abanderado, con sus correspondientes perros; una tercera fila estaba compuesta por ballesteros; en las siguientes iba un grupo de hombres a caballo y luego los escopeteros. A unos diez metros seguían los infantes y los aliados tlaxcaltecas... ¡Eran los conquistadores de México!

Aquel animal blanco oscuro se llamaba Arriero y era -al decir de Bernal Díaz del Castillo- uno de los mejores caballos que llegaron a México en las naves que luego fueron incendiadas.

Y es que Cortés, a esas alturas de su vida (treinta y cuatro años) era ya un consumado jinete y un gran entendido en caballos..., como se demuestra en la famosa anécdota de los caciques de las tierras del río de Grijalba. Aquel día Cortés dijo riendo a los soldados: "Sabéis, señores, que me parece questos indios temerán mucho a los caballos, y deben de pensar quellos solos hacen la guerra, y ansimismo las lombardas he pensado una cosa para que mejor lo crean; que traigan la yegua de Joan Sedeño, que parió el otro día en el navío, y atalla han aquí, adonde yo estoy, y traigan el caballo de Ortiz el Músico, ques muy rijioso y tomará olor de la yegua, y desque haya tomado olor della, llevarán la yegua e el caballo, cada uno por sí, en parte donde desque vengan los caciques que han de venir, no los oyan relinchar, ni los vean hasta que vengan delante de mí y estemos hablando". Y así se hizo, hasta que en el momento oportuno "trujeron el caballo que había tomado olor de la yegua, atánlo no muy lejos de donde estaba Cortés hablando con los caciques. Y como la yegua la habían tenido en el mismo aposento a donde Cortés y los indios estaban hablando, pateaba el caballo y relinchaba y hacían bramuras, y siempre los ojos mirando los indios y al aposento a donde había tomado olor de la yegua. Y los caciques creyeron que por ellos hacían aquellas bramuras, y estaban espantados. Y desde Cortés los vio de aquel arte se levantó de la silla y se fue para el caballo, y mandó a dos mozos de espuelas que luego le llevasen de allí lejos, y dijo a los indios que ya mandó al caballo que no estuviese enojado, pues ellos venía de paz y eran buenos...".

Lo cual demuestra la influencia que tuvo el caballo en toda la Conquista de América y lo que al principio sintieron los indígenas ante el desconocido animal. Según Díaz del Castillo los indios creyeron inocentemente que el caballo y el jinete eran una misma cosa, como lo cuenta en el capítulo XXXIV, el de la batalla de Tabasco: "Y en todo este tiempo, Cortés, con los de a caballo, no venía, y aunque le deseábamos y temíamos que por ventura no le hubiese acaecido algún desastre. Acuérdome que cuando soltábamos los tiros, que daban los indios grandes silbos e gritos y echaban pajas y tierra en alto por que no viésemos el daño que les hacíamos, y tañían atambores y trompetillas e silbos y voces, y decían: "Alala, Alala". Estando en esto, vimos asomar los de a caballo, y como aquellos grandes escuadrones estaban embebecidos dándonos guerra, no miraron tan de presto en ellos como venían por las espaldas, y como el campo era llano y los caballeros buenos, y los caballos algunos dellos muy revueltos y corredores, danles tan buena mano y alancean a su placer. Pues los que estábamos peleando, desque los vimos, nos dimos tanta priesa, que los de a caballo por una parte y nosotros por otra, de presto volvieron las espaldas. E aquí creyeron los indios quel caballo y el caballero era todo uno, como jamás habían visto caballos".

Sin embargo, Arriero no fue el único..., pues cuando Cortés hace su segunda entrada en Tenochtitlán (agosto de 1521) lo hace a lomos de un caballo "muy bueno", castaño oscuro, que le llaman Romo. Y quizás más famoso aún fue el de la marcha a las Hibueras, aquel que ocasionó la curiosa historia con los indígenas. "Resulta que al transitar cerca del lago de Petén -escribe Morales Padrón- se le hirió en un remo y, como Cortés pensaba retornar por el mismo sitio, lo dejó al cuidado del cacique de Tayasal, pueblo situado en una isla del lago, donde hoy está la población guatemalteca de Flores. Sucedió que Cortés regresó a México por mar y su caballo quedó entre los indios hasta que murió. Pasados muchos años llegaron a Petén dos franciscanos, y cuál no sería su asombro al ver que los indios adoraban a un caballo de piedra bajo el nombre de Tziunchán o dios del trueno y el rayo. Puestos a indagar, supieron que al morírseles el caballo de Cortés hicieron una réplica de piedra para conjurar la cólera de los dioses. El fanatismo por la imagen era tal que los franciscanos tuvieron que huir después de destrozarla."

Fuente: "Caballos, historia, mito y leyenda" de Julio Merino, Ed. "Compañía Literaria, S.L.", 1996. Páginas: 201-205.

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