miércoles, 14 de octubre de 2009

Historia: Janto, el caballo de Aquiles






Después de Pegaso, el caballo de los dioses, no hay más remedio que hablar de "los caballos de La Ilíada", ya que sin ellos no se concibe la obra de Homero... ni la guerra de Troya. Pues, no en vano, hasta Zeus, el soberano del Olimpo, se sirve de cuatro corceles de pies de bronce y áureas crines en el momento crucial de la tragedia. "Esto dicho -escribe concretamente el poeta- unció los corceles de pies de bronce y áureas crines, que volaban ligeros; vistió la dorada túnica, tomó el látigo de oro y fina labor, y subió al carro. Picó a los caballos para que arrancaran, y éstos, gozosos, emprendieron el vuelo entre la tierra y el estrellado cielo". Después, cuando el gran dios manda detener a su hija, Palas Atenea, que iba en auxilio de los troyanos, Homero escribe: "Entonces, las Horas, al verlas, abrieron las puertas del Olimpo, desengancharon los caballos, los llevaron a los divinos pesebres y arrimaron el carro al luciente muro."
También es curioso que llame a Troya "criadora de caballos" y a Héctor, el héroe que coprotagoniza la obra, "domador de caballos"... o estas palabras que pone en boca de Eneas: "Dárdano tuvo por hijo al rey Erictonio, que fue el más opulento de los mortales hombres: poseía tres mil yeguas que, ufanas de sus tiernos potros, pacían junto a un pantano. El Bóreas enamoróse de alguna de las que vio nacer, y transfigurado en caballo de negras crines, hubo de ellas doce potros que en la fértil tierra saltaban por encima de las mieses sin romper las espigas y en el ancho dorso del espumoso mar corrían sobre las mismas olas".
Sin embargo, y ello demuestra la gran importancia y el protagonismo del caballo en la Historia, lo que más llama la atención es que el poeta mencione con sus nombres los caballos de los dos grandes héroes de la tragedia: Aquiles y Héctor, o sea, "el de los pies ligeros" y "el domador de caballos". Y no sólo los menciona, sino que además hace que los héroes les hablen o que uno de ellos le hable al mismísimo Aquiles, cuando éste se dirige a la batalla.
Se llamaba Janto y formaba con Balio la pareja de "caballos inmortales" que Peleo recibió al casarse con la nereida Tetis, de cuya unión nació Aquiles. La yegua que los parió se llamaba Podarga. También cita Homero el nombre del tercer caballo que Patroclo unce a su carro cuando el héroe de los "pies ligeros" le cede su armadura, sus armas y sus caballos. Éste, que no era inmortal, se llamaba Pédaso y murió en el combate de un lanzazo en el cuello.
"Aquiles -escribe el poeta-, cuya armadura relucía como el fúlgido sol, subió al carro y exhortó con horribles voces los caballos de su padre:
Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo al campamento de los dáneos al que hoy es guía; y no le dejéis muerto en liza como a Patroclo.
Y Janto -puntualiza Homero-, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza -sus crines, cayendo en torno de la extremidad del yugo, llegaban al suelo-, y habiéndole dotado de voz Juno, la diosa de los níveos brazos, respondió de esta manera:
-Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el día de tu muerte y los culpables no seremos nosotros, sino un dios poderoso y el hado cruel. No fue por nuestra lentitud ni por nuestra pereza por lo que los teucros quitaron la armadura de los hombres de Patroclo; sino, que el dios fortísimo, a quien parió Latona, la de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y dio gloria a Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el soplo del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tu estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un mortal.
Dichas estas palabras, las Furias le cortaron la voz. Y muy indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, así le habló:
Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y de mi madre; mas, con todo eso, no he de descansar hasta que harte de combate a los teucros.
Dijo. Y dando voces, dirigió los solípedos caballos por las primeras filas."
Comentarios posteriores aseguran que este Janto, aunque de origen divino e inmortal, era un caballo negro y de pura sangre persa, que tenía tres años y estaba dotado de patas especialmente vigorosas que le capacitaban para correr a más velocidad que la mayoría de sus congéneres. Por su parte, Balio era de color blanco e igualmente rápido. Y esta rapidez de ambos es lo que impedía que el héroe pudiera uncir a su carro otros dos caballos, que era lo habitual entre los griegos.
Pero Homero no se conforma con citar los caballos de Aquiles, sino que cita también los nombres de la cuádriga de Héctor. Cuando, en el canto VIII de La Ilíada, el hijo de Príamo, se dirige al combate, exhorta a los caballos de este modo:
"-¡Janto, Podargo, Etón, divino Lampo!, ahora debéis pagarme el exquisito cuidado con que Andrómeda, hija del magnánimo Eetión, os ofrecía el regalado trigo y os mezclaba vinos para que pudiéseis, bebiendo, satisfacer vuestro apetito; antes que a mí, que me glorio de ser su floreciente esposo. Seguid el alcance, esforzaos, para ver si nos apoderamos del escudo de Néstor, cuya fama llega hasta el cielo por ser de oro, sin exceptuar las abrazaderas, y le quitamos de los hombros a Diómedes, domador de caballos, la labrada coraza que Hefesto fabricara. Creo que, si ambas cosas consiguiéramos, los aqueos se embarcarían esta misma noche en las veleras naves."
Lo que no aclara Homero, sin embargo, es el hecho de que uno de estos cuatro caballos de Héctor se llame también Janto, es decir, igual que el inmortal y bello animal de Aquiles. Pero así está escrito en La Ilíada y por ello hay que respetarlo. También es curioso que el poeta haga llevar a los dos héroes cascos con "largas crines de oro" y que no hable del comportamiento de los caballos durante el transcurso del duelo a muerte que ambos -Héctor y Aquiles- mantienen ante las murallas de la vieja ciudad de Troya, situada -como se ha demostrado después- en lo que hoy es Turquía y muy cerca del estrecho de los Dardanelos.
Pero ello no quita el que La Ilíada sea toda ella como un canto al caballo y una de las mejores fuentes para conocer el protagonismo de este hermoso animal en la Historia y la leyenda.


Fuente: "Caballos, historia, mito y leyenda" de Julio Merino (1996). Págs. 25-28.

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