viernes, 26 de marzo de 2010

Historia: Orelia, la yegua de don Rodrigo


Pasaron los años, muchos años, y un buen día los árabes, que habían galopado a través del Sinaí, Egipto, Berbería, Tunicia y el Magreb hasta llegar a los montes del Atlas, se asomaron a las aguas del estrecho de Gibraltar y soñaron con las tierras de Hispania. La "Media Luna" era ya la primera potencia del Mediterráneo y Mahoma el gran profeta de Alá...
Corría el mes de julio del año 710 (88 de la Hégira) cuando Tarif ben Malluk, un capitán del gobernador Musa ben Nusay, mandó subir a sus hombros en los cuatro navíos que habían de iniciar la gran aventura árabe de la conquista. Eran cuatrocientos hombres y cien caballos... y una leyenda: la del famoso conde don Julián. Era la "avanzadilla" de todo un ejército, de todo un mundo, de toda una cultura... Aquel ejército que justo un año más tarde -concretamente el domingo día 19 de julio del 711- iba a enfrentarse en las orillas de la laguna de la Janda a las huestes del rey don Rodrigo, el último de los monarcas visigodos.
Mucho, mucho se ha escrito sobre este rey y sobre esa batalla, pues no en vano ahí comienza la "España musulmana" de los siete siglos. Aquella España que culminó en el Califato de Córdoba, fue "luz de Occidente" y vino a cerrarse en enero de 1492 con los Reyes Católicos como protagonistas (y Cristóbal Colón como testigo coetáneo y soñador). Miles de historias y leyendas que han mezclado de tal manera la verdad y la ficción como para despistar a cualquier humilde lector. Porque en realidad, ¿qué pasó en torno a don Rodrigo, el "traidor" conde Julián y aquel puñado de árabes que en un abrir y cerrar de ojos se apoderó del reino más consolidado de Europa...? ¿Existió, ciertamente, el tal conde don Julián? ¿Existió su bella hija, aquella que la leyenda hace responsable de la perdición de un rey y todo un reino?

En fin, vayamos a los hechos.

La Historia dice que cuando Tarif ben Malluk desembarcó en las playas de Tarifa y realizó su primera razzia por las tierras del sur de España, don Rodrigo se hallaba en el norte tratando de apaciguar a los vascos y reprimiendo los últimos vestigios de su antecesor, el rey Witiza...

--"El Rey Rodrigo -puede leerse en la Historia de España de Pericot- se hallaba a la sazón en Pamplona combatiendo a los rebeldes vascos, auxiliados éstos por los francos, y habiendo recibido noticia por el noble Wiliesindo de los acontecimientos que tenían lugar en Andalucía, se dispuso a marchar hacia el Sur, recogiendo a su paso a través de España cuantas fuerzas pudo allegar. Así incorporó una nutrida hueste que mandaba Sisberto, hermano o hijo de Witiza, predispuesto de antemano a la traición. Al conocer Tarif las disposiciones tomadas por Rodrigo, no obstante el considerable aumento que sus fuerzas experimentaron con la incorporación de numerosos elementos afectos a los witizanos, pidió contingentes armados al gobernador de África, Musa, que le envió cinco mli hombres..."--

El hecho es que Rodrigo, conde de la Bética antes de asumir la Corona, abandonó el País Vasco y cruzó como un rayo España para enfrentarse al enemigo invasor en "su" Andalucía (bueno, lo del "al-Andalus" vino después y de boca árabe) y que esto se produjo en uno de los sectores del río Guadalete, allí donde las serranas aguas se detienen y embalsan por un fenómeno natural. Don Rodrigo hizo aquel viaje de norte a sur montado -¡cómo no!- en su fiel y ya famosa Orelia, la yegua negro azabache que, según la leyenda, le había regalado el mismísimo conde don Julián antes de la "afrenta del Tajo"; es decir, cuando Rodrigo se apoderó y abusó de la bella Florinda la Cava tras verla bañarse desnuda en los toledanas aguas del Tajo. Florinda era la hija del conde y estaba en la Corte por propio deseo del padre, que no quería perder su contacto con la cultura y el boato de la capital del reino.

Aque día de julio, Rodrigo se presentó en el campo de batalla vestido con sus mejores galas, e igual hizo con Orelia, a quien había mandado ensillar con una fastuosa silla cuajada de esmeraldas y unos "arreos" de oro y brillantes... "Orelia caracoleaba como una reina -dicen las leyendas- y orgullosa de ser el centro de las miradas..."

Frente, curiosamente, hacía otro tanto un hermoso animal, bayo oscuro, de patas largas y fuertes, que acababa de cruzar el estrecho y llevaba sobre sí al bereber Tarif ben Malluk (y del que hablaremos en el siguiente capítulo), el "jefe" del ejército invasor en aquella jornada histórica.

O sea, dos hombres, dos ejércitos... y dos caballos como protagonistas de un sólo acontecimiento: la batalla del Guadalete. Orelia y Al-Lakko. La yegua cristiana y el caballo musulmán, la Cruz y la Media Luna frente a frente.

--"El domingo 19 de julio -cuenta la Historia- dio comienzo la batalla entre musulmanes y visigodos, atacando las huestes de Rodrigo a los invasores y tratando de atraerles a la llanura para que entrando en acción la Caballería visigoda, reconocidamente superior a la enemiga, alcanzara completa victoria. Terminó el día sin que el combate se hubiera decidido a favor de ninguno de los contendientes. Al reanudarse la lucha al amanecer del lunes, hallóse Rodrigo con que las fuerzas de su ala derecha, mandadas por Sisberto y algunos otros contingentes, habían hecho defección pasándose al enemigo... Pero ello no le amilanó, sino al contrario. Porque entonces Rodrigo se lanzó con desesperada fiereza contra el enemigo, lo cual, sin embargo, no sirvió para contener la huida y el desorden de sus tropas ni para evitar la victoria de Tarif..."--

¿Y qué fue de don Rodrigo? Según unos, el último rey visigodo cayó heroicamente en el combate. Según otros, Rodrigo consiguió escapar y refugiarse con algunos de los supervivientes en la extremeña Mérida... Aquí la leyenda domina a la Historia y existen versiones para todos los gustos.

Sin embargo, en una cosa coinciden la leyenda y la Historia: en que allí, en los lodazales del río Guadalete, o tal vez en las encharcadas aguas de la laguna de la Janda, quedó muerta y asaetada la bellísima Orelia, la yegua del rey, aquella que entró en combate con bridas de oro, silla de esmeraldas y faldón bordado en diamantes. El animal símbolo de una España que fenecía víctima de la división, los enfrentamientos fratricidas y la traición...

Mientras, enfrente, otro bello animal relinchaba de ímpetu victorioso... como símbolo de la España que nacía. Orelia dejaba paso a Al-Lakko. La Cruz cedía ante la Media Luna proveniente del desierto. Alá y Mahoma juntos en un mismo estandarte... ¡Aquel estandarte que siete siglos y pico más tarde caería a los pies de los caballos de Isabel y Fernando!

Fuente: "Caballos, historia, mito y leyenda" de Julio Merino (Ed. "Compañía Literaria, S.L., 1996). Págs. 84-89.

Para saber más:
Ilustración derecha: Xulia Barros.

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